Mientras esperaba lo que nunca vino, llegó lo que nunca esperé.

La clave está en no sufrir más de lo debido.

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Nuria Fernández López

Mientras esperamos aquello que proyectamos que sucederá en nuestra vida,  ¿cuántas veces nos ha ocurrido que la vida acabó sorprendiéndonos con algo distinto?, con algo que ni sospechábamos, ni  imaginábamos,  pero que la casualidad, la oportunidad o quien sabe qué, hicieron que ocurriera.

Pasamos gran parte de nuestra vida planeando aquello que deseamos alcanzar, esperando momentos, ocasiones y circunstancias propiciatorias para que se materialicen un sinfín de acontecimientos que nunca llegan a ocurrir, entre otras cosas porque sólo están en nuestra mente.

Si lo pensamos bien, hacemos un ejercicio de paciencia infinita, dejamos pasar el hoy en espera de que el mañana traiga,  resuelva, mejore, provea, un sinfín de deseos no resueltos en el presente.

Pero esto, que contado así puede parecer hasta evocador, provoca que en realidad, esperamos tanto, que en no pocas ocasiones sólo encontramos decepciones.

Quizá por ello, en ocasiones, es frecuente que aparezca el sentimiento de la decepción cuando no sabemos equilibrar lo esperado y lo encontrado. Y no sólo la decepción, sino que en muchos casos aparece también la acusación, recriminación, y otros sentimientos causados sólo por la falta de entendimiento  de que una cosa es lo que uno quiere, desea o espera, y otra muy distinta es la realidad con sus propias reglas. Es muy frecuente esperar cosas que nunca llegan a darse del todo, y en algunos casos, no se darán en absoluto. 

El mejor remedio en estos casos es: "no esperar". El no esperar da mucha libertad. No obstante, ello no quiere decir en absoluto que no tengamos derecho a hacer planes,  imaginar, confiar, son aspectos positivos, necesarios y sin duda recomendables. Lo que si hay que tener presente es que para que algo se convierta en una realidad, es necesaria una combinación de factores y circunstancias, algunas dependientes de nuestras actuaciones, que no deseos, y otras de hechos y circunstancias ajenas y no controlables por nosotros.

No esperar, en ocasiones, nos ofrece la capacidad de poder soltar, y de no aferrarnos a lo que no puede ser.

Aunque no es una actitud fácil de asumir, es, en la misma medida, muy útil para preservar nuestra estabilidad emocional y no generar tanta energía negativa, preocupaciones y ansiedad, las expectativas mal gestionadas juegan muy malas pasadas.

Normalmente cuando dejamos de esperar, las cosas suelen fluir de una manera más positiva, ya que cualquier cosa que suceda no será contrastada y medida con una escala previa de deseos y expectativas construidas en muchos casos sobre una base de ideas y creencias poco razonables, y que dejan a la propia realidad al margen.

 

 

 

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