La dimensión emocional en el trabajo

Las personas no pueden ni deben desprenderse de la dimensión afectiva en su lugar de trabajo.

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Nuria Fernández López
miércoles, 09 de septiembre de 2020

La actual coyuntura sociosanitaria está suponiendo un ciclo de continuos cambios cuya velocidad nos supera en muchas ocasiones. Este vertiginoso escenario nos lleva a lidiar a diario con todas las emociones generadas.

Las empresas están formadas por personas, y por tanto, por emociones humanas. Todos los modelos actuales de gestión de personas se centran en que los managers consigan construir equipos eficientes, y para lograrlo, deben saber gestionar la dimensión emocional de los profesionales que componen el equipo. Sin embargo, la gestión de la dimensión emocional es todavía una asignatura pendiente en muchos casos, a pesar de que ha quedado ampliamente demostrado que las emociones son uno de los factores más influyentes en aspectos como el absentismo, la tasa de rotación, la toma de decisiones, el trabajo en equipo, la creatividad, la capacidad de cambio, etc.

Los responsables de la gestión de personas han de saber que las emociones están presentes en todas las acciones que se llevan a cabo en el entorno laboral, reuniones de trabajo, toma de decisiones, entrevistas, gestión de proyectos, relaciones con clientes, proveedores, etc.

La teoría de los eventos afectivos (TEA) desarrollada por Howard M. Weiss y Russel Cropanzano en 1996, demuestra que los empleados reaccionan en forma emocional a los acontecimientos que les ocurren en el trabajo, y que dicha reacción influye en su desempeño y satisfacción con éste.

 

Si la gestión emocional se realiza de forma incorrecta, conlleva gran cantidad de problemas de relación, de motivación, compromiso, ejecución, eficiencia, eficacia, estrés, ansiedad, frustración; por el contrario, si las emociones se gestionan de forma positiva y constructiva, éstas son un gran recurso en la gestión de personas.

De una forma muy simple y general podemos clasificar las emociones en el entorno laboral en:

  • Positivas: tal es el caso de la alegría, la ilusión, el entusiasmo, la esperanza, la curiosidad, la simpatía, la generosidad, la constancia.
  • Negativas: como la ansiedad, la envidia, el rencor, los celos, el miedo, etc., estas emociones generan estrés, absentismo, frustración o conflictos de relaciones entre las personas.

El estilo de dirección que se emplee en la gestión de personas cada día, es el responsable en gran medida de propiciar o dificultar el equilibrio emocional individual y colectivo.

Una adecuada gestión emocional comienza por:

  • Desarrollar autoconciencia y autocontrol emocional
  • Establecer una comunicación clara y directa dentro del equipo.
  • Practicar la empatía con cada miembro del equipo
  • Abordar los conflictos que se viven en el día a día entre los miembros de un equipo.
  • Emitir estímulos positivos para implementar un clima de trabajo positivo.

Cada persona es emisora de emociones y, al mismo tiempo, gestiona las de su entorno. En este sentido, los líderes tienen una doble responsabilidad: su tarea será tanto más productiva cuanto más capaces sean de generar el contexto emocional para que las cosas pasen, para que los proyectos fluyan y la empresa crezca. Un líder que está atento al estado emocional de las personas que forman su equipo, es un líder capaz de conducir los proyectos hacia el éxito.

 

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